"Ese instante en el que la vida se detiene de repente para que yo la capture con mi máquina"

La fotografía es ADMIRAR LO COTIDIANO

La fotografía es PLASMAR HISTORIA

La fotografía es captar el MOMENTO ADECUADO

La fotografía es ARTE, PASION Y SENTIMIENTO

La fotografía es DELICADEZA Y SENSIBILIDAD

La fotografia es PACIENCIA Y ARMONIA

La fotografía es SABER ESPERAR

Páginas

Tras mi foto, ¿Por qué?

TRAS MI FOTO es el motivo que me ha llevado a compartir con el mundo algunas de las aficiones que más llenan mi vida y que ocupan gran parte de mi tiempo libre.
La fotografía y la escritura me proporcionan la libertad que necesito. Con ellas expreso mis sentimientos, mis vivencias y mis inquietudes.
TRAS MI FOTO es un baúl, el cual iré compartiendo y llenando, poco a poco, paso a paso y foto a foto.
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jueves, 11 de enero de 2018


Miedo.



Es una fría noche del mes de Diciembre continuos ecos de pasos, voces, gritos, motores y sirenas suenan insistentemente en este lugar, mientras una urbana neblina, emborrona mi horizonte más cercano.

Repentinamente mi mundo se detiene y, en un instante súbito, el miedo me atenaza por completo, a la vez que la sensación de un inacabable salto al vacío, se adueña de mi cuerpo y domina en plenitud mi mente.

Intento detener esa indomable e interminable caída al precipicio mientras me golpeo con todo lo que ocupa mi más próximo alrededor y no consigo más que hundirme hacia un oscuro y desconocido lugar.

Siento que ese alejado momento ya me ha alcanzado y tengo miedo. Estoy sólo y me siento sólo y no se hacia dónde ir. Intento aferrarme a algo tangible, busco un punto de apoyo, que me procure un poco de seguridad y ganar tiempo al desenlace que siento indefectiblemente me va a alcanzar.

Me detengo y me aferro a ese punto con toda la fuerza disponible mientras profundas convulsiones y vertiginosos movimientos se apoderan de todo mi cuerpo.

Siento mucho frío y al mismo tiempo un sudor impropio me invade mientras algunos hechos de mi vida transitan a toda velocidad avivando algunos recuerdos arrinconados en mi mente.

Ante mí, emborronadas luces de colores alumbran y resplandecen al paso de la muchedumbre, recreando unas enormes sombras negras sobre el inestable suelo y entremezclándose recreando una variedad de nubarrón entre lo humano y lo fantasmagórico.

Suenan distintas músicas entremezcladas, formando un delirante ritmo, mientras siento el martillar del suelo al paso de la fantasmal muchedumbre que fluye precipitada, en todas direcciones, comprimiendo las callejuelas de alrededor.

Consigo apoyarme sobre una fría pared de piedra de un edificio y veo a una joven muchacha girando su asustada mirada hacia mí pero sin aproximarse.

Cogidos del brazo y ayudados por un viejo bastón, una pareja de ancianos caminan lentamente, entorpeciendo el frenético ritmo impuesto por el resto mientras me señalan con una mirada esquiva y de desprecio.

Noto cada acelerado latido de mi cuerpo como un martilleo incesante avivando la ansiedad del momento. Nadie me ayuda.

Siento mi cuerpo en el vacío y no consigo controlar ni mi estado físico ni mental y de cerca veo, cada vez con más claridad, la realidad del momento que estoy viviendo.

Deseo volver hacia la vida y alejarme de la oscuridad que lo envuelve todo. Tendrá que ser por mí mismo, si es que me respetan las fuerzas y si el tiempo me da una tregua.

El tic-tac mantiene su ritmo de modo irrefutable y nadie me ayuda.

Como destellos vienen a mi mente recuerdos del pasado mientras vislumbro una luz blanca e intensa que ilumina estas evocaciones y que parece querer decirme algo o guiarme, tal vez, a algún lugar.

Estoy sólo sin lugar a dudas.

(Experiencia vivida hace un año. Hasta hace unos días no era capaz de retornar a ese mismo lugar al que hoy he vuelto y podido fotografiar.)


Ricardo López Rubio
(Datos EXIF . XT100 - ISO 400 - f/5.6 - 1/200 sgs)

sábado, 9 de diciembre de 2017


Sentimiento.



Hace ya un tiempo, mientras caminaba por los alrededores del pueblo, se acercó una joven muchacha hacia mí.

Iba acompañada por una señora de avanzada edad, de pelo cano, recogido y medio oculto por un pañuelo oscuro. Lucía unas rigurosas y luctuosas prendas de luto mientras se apoyaba con dificultad sobre un viejo bastón de madera oscura.

La joven muchacha portaba apoyado sobre su pecho y sujeto sobre uno de sus brazos, un modesto ramo de flores, mientras sus pequeñas y blanquecinas manos temblaban levemente, no sé si por el peso del ramo o por cualquier otro motivo.

Alzó lentamente su mirada con un triste y melancólico gesto y tímidamente me saludó con una voz tenue y entrecortada mientras me preguntaba si conocía donde estaba el camino de los muertos.

Le contesté afirmativamente y, con un ligero movimiento de mi brazo, le indiqué por donde debía dirigirse hacia el lugar que estaban buscando. “Gracias señor” – me dijo la joven muchacha.

Se marchó lentamente junto a la señora de avanzada edad tomando ambas la dirección del camino que les indiqué.

La joven muchacha sujetaba con un brazo el modesto ramo de flores y con el otro ayudaba en su lento caminar a la mujer de avanzada edad.

Reanudé mi camino aunque no dejé de pensar en aquellas dos mujeres que interrumpieron mi camino y es que algo había en ellas que despertó mi interés.

Decidí ir a su encuentro atravesando las viejas calles y las estrechas sendas de la huerta hasta llegar al camino que le indiqué a la joven muchacha.

A lo lejos las pude ver, entrando al cementerio, cogidas del brazo y ayudándose del viejo bastón de madera oscura tal y como las dejé al principio.

Al llegar al camposanto las vi orando delante de una vieja sepultura circundada por unos grandes cipreses en donde habían depositado el modesto ramo de flores que había llevado la joven muchacha durante todo el camino.

Rezaban continuamente y repetían unas monótonas salmodias que no conseguía entender. No se movían de aquella fría lápida de mármol gris que tantos recuerdos y sentimientos parecía acompañar a esas dos mujeres mientras seguían juntas, de pie, cogidas del brazo y sollozando tímidamente.

Caía la tarde sobre el camposanto y un viento frio y racheado azotaba los cipreses y removía de un lugar a otro las hojas y flores secas que conviven con los difuntos por entre las tumbas.

Las dos mujeres se marcharon lentamente de allí pero yo decidí quedarme un rato más y pasear por entre los empedrados caminos del viejo cementerio escuchando los sonidos del viento azotando las copas de los cipreses y sintiendo los suaves golpeos de las hojas secas en mi cuerpo.

Al salir por una de las puertas laterales fijé mi vista hacia una montonera que había en un cercano descampado junto a una de las paredes del cementerio.

Allí yacían, a vista de todos, los sentimientos más profundos y más íntimos de todos cuantos, hoy por hoy, todavía llevamos flores a nuestros muertos.

Arrumbadas, junto a basura y escombros, estaban los restos hediondos de los ramos y coronas de flores que no hace mucho tiempo eran sentimientos de dolor, de soledad y de despedida.

Sentimientos vivos que lucían con prestancia sobre el recuerdo del pasado más cercano estaban ahora abandonados, tirados, dejados por las manos de cualquiera, prestos a ser totalmente olvidados por los vivos y seguramente también por los muertos.

Recordé de nuevo a esa joven muchacha, con aquel ramo apretado junto a su pecho. Desde entonces cada vez que vuelvo al cementerio visito esa tumba y coloco sobre ella una flor para mantener vivo su sentido y su sentimiento.

Hoy esa misma fría tumba de mármol gris, circundada por unos grandes cipreses, tiene otro nombre grabado sobre su lapida. Es la mujer de avanzada edad que acompañaba a la joven muchacha.
Ricardo López Rubio.
Datos EXIF : (D750 - ISO 100 - f/5.6 - 52mm - 1/400 sgs.)

domingo, 15 de octubre de 2017


Una carta.




Está amaneciendo mientras saboreo un reconstituyente y aromático café.

El frescor de la mañana se entremezcla con el vaporoso y tibio humo que aflora del tazón y lentamente van asomando los primeros rayos de sol tras el enorme mirador del antiguo mesón.

Agazapado y amparado en una esquina del establecimiento, tras una pequeña mesa de madera, diviso toda la escena que se presenta delante de mí.

El lóbrego suelo, formado por largos vástagos de madera, resuenan a cada paso recreando un sonido intrigante y desconcertante al mismo tiempo.

Su alto techo ahonda con sensación de grandiosidad y sus paredes, recubiertas de madera, están ordenadamente decoradas con viejas fotografías enmarcadas, la mayoría de ellas en blanco y negro.

Grandes ventiladores cuelgan de algunas de las columnas removiendo el aroma entremezclado y creando un particular perfume que impregna el ambiente.

Un pequeño quinqué de metal, sobre cada una de las mesas, crean un individualizado espacio proporcionando una seña de intimidad propia.

Varias personas, en silencio, unos ojeando un periódico, otros con su dispositivo móvil, otros escuchando las noticias que fluyen de un viejo aparato de radio, otros tan sólo, disfrutando del madrugador ambiente que envuelve este antiguo mesón.

Abstraído de todo, mi mirada perdida, pensativa y melancólica se dirige hacia ese enorme mirador donde admiro la frondosidad del paisaje que envuelve este lugar mientras sujeto firmemente y con ambas manos el tazón del reconstituyente y aromático café.

Grandiosos árboles danzan al son de la música del fuerte viento que azota el lugar mientras lloviznan, cadenciosamente, grandes hojas recordándome que estamos en otoño.

En una de las mesas, al lado del enorme mirador, hay una joven muchacha leyendo con mucho detenimiento lo que parece una carta manuscrita y gesticulando con presunta complacencia mientras va pasando las hojas de esa carta.

Observo a la muchacha oculto tras el quinqué que ilumina mi mesa y veo cómo gesticula con extraordinaria naturalidad y con suaves movimientos de su cuerpo, de su cabeza y de sus manos.

...

"Mamá, déjame las llaves del buzón que hay cartas", le decía cuando llegaba del colegio. Era miércoles y sabía que el cartero iba ese día a entregar cartas por esa zona de la ciudad donde vivía.

Recuerdo la alegría y nerviosismo con que rápidamente bajaba las escaleras del edificio para abrir el cajetín de correos esperando que hubiera alguna carta de un amigo o familiar. Era un momento mágico.

De puntillas conseguía con dificultad abrir el cajetín y recoger con mucho entusiasmo todas las cartas que el cartero había dejado horas antes.

Me sentaba en las frías escaleras del portal de la casa e iba pasando rápidamente una a una todas las cartas hasta encontrar alguna que fuera dirigida a mí.

Era un instante de espera, un instante de ilusión, un instante de complicidad, un instante de emoción. 

Veía el sello y el matasellos para ver de dónde venía, reconocía su caligrafía y le daba la vuelta al sobre para leer el remitente mientras desgajaba un lateral con todo el cuidado posible de no romper nada de su interior.

Leía con detenimiento, transportándome a su mundo, sentía donde y como estaba, entendía sus palabras y sus frases e interpretaba incluso su trazo. Empatizaba con él y sentía a cada frase suya como demandaba mi respuesta escrita. Era el deleite de la lectura de una carta manuscrita y sentir cerca y personalmente la amistad de una persona a pesar de la distancia.

...

En esto que la joven muchacha dobló su carta y la guardó en el sobre mientras recogía sus pertenencias y daba el último sorbo a su café. Se levantó lentamente, con discreción, aún así resonaron los viejos y desgastados vástagos de madera del lúgubre suelo.

La muchacha pasó junto a mi mesa, la miré y regalándome una sonrisa se marchó.

No hacían falta las palabras.
Ricardo López Rubio
(Datos EXIF - D750 - ISO 100- f/5.6 - 1/250 sg)

domingo, 27 de agosto de 2017











Puerta 42.




Es una fría tarde de finales de otoño. Camino lento por las retorcidas y silenciosas callejuelas de un vetusto y olvidado barrio mientras escucho, a lo lejos, el lento tránsito del agua de un arroyo.

Me acompaña su cadencioso sonido y, paulatinamente, consigue inmiscuirme en su mundo cautivado por su seductora resonancia.

Decido ir a su encuentro mientras atravieso lentamente las torcidas, estrechas y empinadas callejuelas del vetusto barrio.

El silencio acompaña mi paseo, sólo quebrado por el sonido de ese arroyo que cada vez siento más de cerca pero aún no diviso.

Miro a ambos lados de la calle, siempre con mi cámara fotográfica dispuesta, y esperando la ocasión para captar un sentimiento coherente.

Todo parece distinto en este lugar, como si no pasara el tiempo, o por lo menos, no de manera tan vertiginosa como con el que estoy habituado a convivir diariamente.

No encuentro a nadie a mi paso, lo cual no me preocupa lo más mínimo, ya que hace saborear mejor este sitio.

Me detengo un instante delante del número cuarenta y dos de la calle y tanteo con mi mano una robusta y hosca puerta de madera, medio abierta, rematada con pequeñas figuras de hierro y sometida con un gran cerrojo de metal por donde renace un exiguo rayo de luz proveniente del interior de la vivienda. 

Al lado hay una pequeña ventana, con la persiana bajada y acorralada por una tupida y estropeada verja, medio tapada por diversos objetos que decoran este espacio.

Sobre una de las viviendas hay viejas y luctuosas ropas tendidas y aireadas en desgastados cordeles atados sobre la descascarillada y desvencijada fachada. 

Pesados maceteros de piedra y madera decoran, con abundantes y selváticos arbustos, la estrecha y empinada calle del vetusto barrio y, entre ellos, asoman impasibles y somnolientos unos pequeños gatos rebuscando el efímero calor del sol de la tarde.

En las juntas de los adoquines brotan pequeños matojos nacidos de los espacios de umbría y humedad creando un efecto de tapiz resbaladizo a lo largo de la empinada callejuela.

Mientras cae la tarde y el frío viento otoñal invade la calle, se van introduciendo en el ambiente una mezcla de olores que no consigo aislar y al mismo tiempo, azotando las techumbres de las casas, se remueven sus destartaladas tejas recreando un extraño sonido que resulta agradable y enigmático al mismo tiempo.

Al fondo de la calle, mientras sigo caminando y tomando algunas fotografías, escucho la tenue voz de una muchacha. Sola, elegante, misteriosa, vestida de negro y, cubriéndole la cara, lleva un velo de encaje, portando una pequeña vela encendida mientras expresa, cabizbaja, confusas palabras, quebrando melódicamente, el silencio de aquellas callejuelas.

Contemplo lo poco que queda de una antigua casa, rematada con un escudo de piedra en un extremo de su fachada. Preside una gran puerta de madera, circundada por dos grandes columnas de mármol rojizo, medio caídas por el peso soportado de unos viejos maderos, carcomidos por el tiempo y la deprimente indolencia. Tal vez esta casa sea un vestigio de lo que fue una época muy diferente a la actual en este viejo barrio.

Signos inequívocos de vida de este menesteroso lugar en el que me encuentro sólo, como yo quería, en el silencio y saboreando la paz que tanto ansío.

Pasado y presente en una sola calle.

Ahora sigo mi camino buscando ese arroyo que me cautivó por su seductora resonancia y su sonido cadencioso.


Ricardo López Rubio
Datos EXIF (D750 - ISO 400 - f/2.8 - 1/250s sg.)