"Ese instante en el que la vida se detiene de repente para que yo la capture con mi máquina"

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Tras mi foto, ¿Por qué?

TRAS MI FOTO es el motivo que me ha llevado a compartir con el mundo algunas de las aficiones que más llenan mi vida y que ocupan gran parte de mi tiempo libre.
La fotografía y la escritura me proporcionan la libertad que necesito. Con ellas expreso mis sentimientos, mis vivencias y mis inquietudes.
TRAS MI FOTO es un baúl, el cual iré compartiendo y llenando, poco a poco, paso a paso y foto a foto.
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martes, 17 de abril de 2018

En aquel lugar




Hoy he recordado unos antiguos pedazos de mi infancia mientras me encuentro en este lugar pretendiendo recoger con mi cámara fotográfica una imagen que retenga la emoción y contenga un sentido conveniente. 

Estoy donde solía venir con mi padre con relativa frecuencia, o por lo menos así lo recuerdo, hace muchos años. 

Acudíamos aquí porque sabía perfectamente que era un lugar que me gustaba mucho y así me lo ha recordado en numerosas ocasiones a lo largo de mi vida.

Habitualmente veníamos los sábados y domingos por la tarde después de comer y donde pasábamos juntos mucho tiempo.

Para entrar recuerdo bajar por una escalera de grandes y bastos peldaños de piedra tras atravesar una puerta de gruesos barrotes de hierro y siempre cogido de la mano de mi padre. 

Era un lugar encantado, enigmático, enorme, silencioso, mágico, evocador, ilusionante, incomparable.

Un lugar cubierto de vegetación, repleto de grandes y frondosos árboles y envuelto todo en una atmósfera, un olor y un ambiente en el que se respiraba de modo diferente.

Se escuchaba el sonido del agua y el crujir de la hojarasca a nuestro paso, mientras caminábamos, tranquilamente, por las sendas medio ocultas debido a la cantidad de hojas secas que alfombraban este lugar.

Había pequeñas fuentes distribuidas por todo el entorno y, algunas de ellas, estaban ornamentadas con efigies de piedra hosca y mohosa mientras soltaban incesantes caños de agua en su interior.

Los cánticos de las diferentes variedades de aves, ocultos tras la frondosidad de los árboles, creaban una sinfonía de sonidos que envolvía aquel entorno haciendo mágico el paseo.

A través de las ramas se vislumbraban algunos rayos de sol formando una secuencia de luces y sombras que se reflejaban en los troncos, en las ramas y en las fuentes de aquel lugar.

Oxidados enrejados de hierro envolvían pequeños parterres asegurando algunas flores y unas pequeñas cajas de madera, sujetas en algunas ramas, hacían las veces de casa nido para las distintas especies de aves que anidaban en aquel encantado lugar.

A lo largo del recorrido mi padre, siempre tras de mí, cogía con paciencia pequeñas piedras del camino mientras yo correteaba buscando aquel espacio secreto tan especial para mí.

Estaba al final de este lugar, en un extremo y oculto tras unos grandes y frondosos árboles.

Recuerdo entrar por entre dos grandes troncos y sentir que aquel mágico lugar era mío. Una especie de escondido tesoro que sólo mi padre y yo conocíamos y que tan sólo mi padre y yo podíamos disfrutar.

Al fondo había una gran pared de piedra engalanada con salvajes matorrales y en uno de los extremos una imponente y sombría escultura de piedra que parecía cuidar de aquel lugar. 

Era un espacio con un pequeño estanque, con abundante cantidad de agua, y vegetación. Allí me gustaba ir para lanzar pequeñas piedras, esas que mi padre iba cogiendo por el sendero recubierto de hojarasca.

Era un remanso de agua que alojaba a pequeños renacuajos y sobre el que flotaban algunas hojas caídas de los grandes árboles que bordeaban ese recodo de aquel lugar tan especial.

Disfrutaba lanzando, uno a uno, esos pequeños cantos rodados, viendo cómo se formaban las concéntricas ondas y escuchando el “blup, blup” al golpear contra el agua.

El sonido del silencio sólo roto por ese amortiguado eco y por el viento azotando en las copas de aquellos enormes árboles era nuestro único testigo.

Hoy, veo incrédulo, como no queda ni rastro de aquel vergel, ni la sinfonía de las aves, ni aquellos senderos cubiertos de hojarasca, ni las pequeñas fuentes de piedra hosca y mohosa, ni esa atmósfera especial donde se respiraba de manera diferente, ni el sonido del silencio que sólo se rompía con el “blup, blup” al arrojar una piedra a aquel remanso de agua.

No queda nada donde tanto disfruté junto a mi padre; tan sólo ese añorado lugar en mi frágil memoria.

Lo que en otro tiempo fue un jardín botánico hoy es un lugar estropeado, maltratado y continuamente acosado por el ser humano.

Un lugar donde agonizan algunos de aquellos viejos árboles que albergaban pequeñas casas nido y daban forma a aquel encantado lugar creando un remanso de paz y de silencio.

Tal vez, la escalera de grandes y bastos peldaños de piedra, culminada en una puerta de gruesos barrotes de hierro y hoy, anulada con un gran candado, es el único vestigio que permanece.

Gracias a esta antigua puerta he conseguido rememorar una parte de mi infancia, aunque siento mucho que esa escalera ya no lleve a ninguna parte.

Ricardo López Rubio
Datos EXIF (D7100 - ISO 100  - 12 mm - f/5.6)